Iniciar la desplastificación del sector salud representa una estrategia de doble impacto: protege a las personas y al planeta, y se transforma en una oportunidad para que América Latina lidere una salud resiliente y justa.
El sector salud es uno de los mayores consumidores de plásticos a nivel global. Se estima que consume alrededor de 15 millones de toneladas al año, destinadas tanto a insumos médicos (como guantes, jeringas y bandejas) como a productos no médicos descartables. Esto equivale a siete bolsas de compras por cada persona atendida en hospitales.
La contaminación por plásticos representa una seria amenaza para la salud humana a lo largo de toda la vida. Un análisis publicado en The Lancet alerta sobre una crisis de salud por plásticos que genera hasta 1,5 billones de dólares anuales en daños. Los microplásticos y aditivos tóxicos se han detectado en sangre, placenta, pulmones e incluso el cerebro. Además, estudios recientes vinculan la inhalación de microplásticos con problemas respiratorios, digestivos y reproductivos.
Desde una perspectiva climática, la producción y el uso de plásticos —derivados en su mayoría de combustibles fósiles— generan emisiones de gases de efecto invernadero a lo largo de todo su ciclo de vida: desde la extracción y refinación del petróleo y gas, pasando por la manufactura y el transporte, hasta su disposición final. Además, cuando los plásticos se descomponen o son incinerados, liberan contaminantes que afectan la calidad del aire, contribuyen a la contaminación por plásticos y amplifican la crisis climática al contribuir al calentamiento global.
Reducir gradualmente los plásticos en el sector salud constituye una acción de alto impacto tanto ambiental como en términos de salud pública.
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Salud sin Daño trabaja con profesionales y sistemas de salud en diversas áreas para abordar el impacto del uso de plásticos por parte del sector.